UN SOLO CUERPO, UN SOLO ESPÍRITU...

REFLEXIONES SEMANALES

Un solo Cuerpo, un solo Espíritu… Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos (Ef 4, 1-16).

En Cristo fuimos elegidos desde antes de la creación y, en Él y por Él, hemos sido sellados con el Espíritu de la promesa y la comunidad eclesial se convierte en signo e instrumento de la acción salvadora de Dios en el mundo: la emoción de tener un Dios Salvador y una salvación tan grandes que no tienen nada que ver con nuestros agitados estados de ánimo, sino con nuestra vivencia más íntima con Dios. Por estas y otras tantas razones, quiero proponeros que _juntos nos regocijemos en el Señor siempre: ser cristiano es una dicha, además de una bendición excepcional, que merece ser disfrutada cada día como comunidad eclesial que somos: nuestra alegría se vive en comunión, en la Iglesia y desde la Iglesia. Cuando no es así entristecemos al espíritu y nos rompemos por dentro.

Entristecemos al Espíritu, cuando los creyentes (laicos o clérigos, poco importa) nos creemos propietarios de la comunidad eclesial en lugar de sentirnos propiedad De Dios.
La alegría del Espíritu, en cambio, se derrama sobre las comunidades del pueblo de Dios cuando los servidores permanecen en vela para acoger al Señor que _vuelve de la boda_ , cuando hacen posible que en la casa de su Señor reinen la unidad y la comunión Jesús invita a todos al servicio y la vigilancia con amor y humildad (cf. Lc 12, 35-48; 17, 7-10).
Si la comunidad cristiana vive tensa y no irradia alegría, hay que sospechar: la falta de alegría es signo de que no está animada por el Espíritu de Dios.

Entristecemos al Espíritu cuando hay competitividad, envidia o desconfianza.
Las rivalidades muestran que no acabamos de comprender que todos hemos sido bautizados en el mismo Espíritu para formar un solo cuerpo (cf. 1 Cor 12, 13), que la dignidad filial es común a todos, que todos compartimos la misma mesa y la misma herencia. En nuestra oración y nuestro examen de conciencia, no podemos dejar de interrogarnos: ¿nos creemos servidores o propietarios de la Iglesia?; ¿cómo contribuimos a la alegría de nuestras comunidades?

Entristecemos al Espíritu cuando atentamos contra la unidad y la comunión de la Iglesia al situarnos como superiores a los demás .
Cuanto realmente somos y tenemos lo que gratuitamente hemos recibido y lo ponemos al servicio del hermano, entonces nos situamos ante ellos con humildad, mansedumbre y paciencia…, desde el último lugar.

Entristecemos al Espíritu y quebramos la comunión cuando con nuestros hechos y palabras fomentamos el juego de las facciones y banderías .
Todos somos de Cristo, pues solo Él dio la vida por todos. La misión del Espíritu es unimos en Cristo para formar un solo cuerpo, siendo miembros los unos de los otros, dependientes y deudores los unos de los otros. De ahí surge la necesidad del servicio mutuo. Cada uno ha de poner los dones que ha recibido de Dios al servicio de los hermanos, sin pretender dominarlos. Todo lo que no sea unirnos en Cristo socava la unidad en la paz y allí…, no está el Espíritu.

Entristecemos al Espíritu cuando nos erigimos en jueces de los hermanos.
Cristo nos enseña, por activa y por pasiva, que debemos soportarnos con amor, buscar por todos los medios la unidad en la paz. En el fondo, se trata de hacer nuestra la oración de Cristo: si somos realmente uno en Él, el mundo podrá reconocerlo como el enviado por el Padre para reunir a los hijos dispersos y hacer de ellos el sacramento universal de salvación en y para el mundo.

En conclusión,
Entristece al Espíritu todo aquello que perjudica la unidad y sacramentalidad del Pueblo de Dios.
Por eso debemos renovarnos en el Espíritu para caminar de acuerdo con el hombre nuevo, con la justicia y santidad de Dios, esto es, con su manera propia de ver la realidad (Ef 4, 23-24). Debemos combatir apoyados en la fuerza del Espíritu, que es la Palabra de Dios. Sólo quienes habitan en los evangelios, leídos en la comunión eclesial, reciben los dones de fortaleza y de consejo para el combate de la verdad.

Tomad también el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra De Dios ; siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos, y también por mí, para que me sea dada la palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el Misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene (Ef 6, 17-20).

Real, Ilustre y Venerable Cofradía de Ntro. Padre Jesús de la Misericordia. Stmo. Cristo de Ánimas y Ntra. Sra. del Gran Poder y San Juan de Dios.

© 2016 Cofradía de la Misericordia

Síguenos en las Redes Sociales