SER LAICO

REFLEXIONES SEMANALES

Ser laico, además de ser el miembro del Pueblo ( laós ) de Dios, significó originalmente la condición del cristiano que no pertenece al clero ni profesa la vida religiosa; en la Edad Media laicidad significó también la oposición entre el poder civil y el poder eclesiástico; y en los tiempos modernos ha recibido a veces la significación de excluir _la religión y sus símbolos de la vida pública mediante su relegación al ámbito de lo privado y de la conciencia individual_. De esta manera ha llegado a atribuirse al término “laicidad” una acepción ideológica opuesta a la que tenía en su origen y que, de ser así, tendrá unas consecuencias desastrosas pues laicidad se expresaría en la separación total entre Estado e Iglesia:
• La Iglesia no tendría derecho alguno a intervenir en temáticas referentes a la vida y a la conducta de los ciudadanos;
• Se llegaría a implicar la exclusión de los símbolos religiosos de los lugares públicos destinados al desempeño de las funciones propias de la comunidad política: oficinas, escuelas, hospitales, cárceles, etc.
• Se hablará de pensamiento laico, de moral laica, de ciencia laica, de política laica.

Subyace en esta concepción una visión no religiosa de la vida, del pensamiento, de la moral…, una visión en la que no hay sitio para Dios, para el Misterio que trascienda la pura razón, para una ley moral de carácter absoluto vigente en todo tiempo y situación.

Es una pretensión excesiva convertir este tipo de laicidad en emblema de la postmodernidad y de la democracia moderna.

Esta concepción laica, errónea y _totalitaria_ , de la vida y la sociedad ha arraigado en la conciencia y modo de vida de muchos cristianos afectando a su fe y a su compromiso cristiano. Así en la falta de dinamismo misionero de algunos o muchos cristianos, en la falta de coraje evangelizador de algunas o muchas comunidades, en nuestros miedos e indecisiones, lo que está en juego, lo que se pone en evidencia, puede ser simplemente _la falta de convencimiento, de autenticidad, de vitalidad cristiana… la falta de Espíritu_ .

Es cierto que las dificultades para la misión son crecientes, y la indiferencia religiosa crece sin detenerse, pero si no anunciamos a Cristo puede ser simple y llanamente porque no lo hemos encontrado, o porque Cristo está poco presente en nuestras vidas , en nuestras convicciones más profundas, en nuestros criterios y en nuestros comportamientos.
Es el mismo Espíritu el que llena con su gracia y caridad el corazón de los creyentes, el que unifica a la Iglesia en la comunión, el que derrama sobre ella el mismo espíritu de misión que impulsó a Cristo. Vitalidad o identidad cristiana, comunión eclesial e impulso misionero van siempre de la mano, pues son el don y el signo de la acción del mismo y único Espíritu.

Los cristianos tenemos la misión de anunciar y mostrar que Dios es amor, que no es antagonista del hombre, que la ley moral cuya voz se oye en la conciencia tiende no a oprimir sino a liberar, no a amargarnos la vida sino a hacernos más felices. Este mensaje, al tiempo que refuerza la dignidad del hombre, debe ser la voz que ilumine incesantemente valores éticos en la sociedad.
La Iglesia quiere mantener la pasión por la verdad, la libertad, la justicia y el amor apoyándose en la fuerza del misterio de Dios en que cree.

Consiguientemente, a la Iglesia no corresponde indicar qué ordenamiento político y social es preferible. Toda intervención directa de la Iglesia en este campo constituiría una injerencia indebida. Pero, a su vez, ello también comporta que el Estado no considere la religión como puro sentimiento individual, susceptible de relegarse al ámbito privado. Al contrario, la religión al estar organizada también en estructuras visibles, como es el caso de la Iglesia, debe ser reconocida como presencia comunitaria pública.

El laico tiene una misión vital en la sociedad y en la Iglesia: el primer paso en el camino de la fe es el encuentro con los cristianos, es decir el encuentro con quienes con su testimonio hacen referencia de Cristo, y a la realidad de comunión donde éste se hace presente, a la Iglesia. Y esto supone:
• la conciencia misionera de las comunidades cristianas (Parroquias, Asociaciones, Cofradías…) y
• la conciencia de que sólo en el ámbito de la Iglesia se puede dar a conocer e iniciar el camino de seguimiento de Cristo.

¿Realmente existe esta conciencia misionera y del deber de acoger en el centro vital de la vida eclesial a quien pida ser cristiano?, porque la comunidad eclesial no ha de ser la institución que busque el reconocimiento institucional en medio de la sociedad, sino aquella que, haciéndose presente en la sociedad, invita a buscar a Dios y señala más allá de ella misma, a su Señor.

Real, Ilustre y Venerable Cofradía de Ntro. Padre Jesús de la Misericordia. Stmo. Cristo de Ánimas y Ntra. Sra. del Gran Poder y San Juan de Dios.

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