JESÚS NOS INVITA A LA CALMA

REFLEXIONES SEMANALES

Jesús nos invita a la calma. Cuando estamos llenos de Él y su Palabra resuena en nuestro interior y se encuentra asentada en nuestra vida, la serenidad y la alegría fluyen como un río de paz aplacando nuestro ser, en tantas ocasiones agitado e inquieto, zarandeado, por un activismo tan enfebrecido como estéril.

Vivimos tiempos de convulsión, de nerviosismo y de estrés. Tiempos en que la mentira y el materialismo han infectado y apoderado la inteligencia y la conciencia del ser humano, de modo que frecuentemente presentamos como bueno lo que es malo, buscamos la luz en donde sólo hay una oscuridad maquillada o vivimos rodeados de la duda y el escepticismo… ¡No debemos diluirnos en estas posturas!, sino que debemos aferrarnos a todo brote de esperanza que siempre nos regala el Señor.

En medio de toda circunstancia siempre encontramos a Cristo que nos aguarda, nos tiende su mano y nos invita a seguirlo. Jesús, el Príncipe de la Paz, nos repite: _No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios: creed también en mí_ (Jn 14,1). No tenemos excusas: ya sabemos el camino.

En un mundo lleno de proyectos y expectativas, falta la energía propia de la gozosa esperanza: el dinamismo de la esperanza lleva al compromiso definitivo, mientras que los proyectos de la sociedad del bienestar incapacitan para lo definitivo. La falta de fe y esperanza contribuye a mantener los ídolos y, por tanto, la injusticia y la violencia en nuestro mundo.

La alegría auténtica, la que viene del Espíritu, es difusiva; no sabe de envidias ni rivalidades. La persona alegre no se repliega sobre sí: confía en los demás y encuentra su realización compartiendo lo que tiene y lo que sabe. La persona crece en alegría y felicidad en la medida en que comparte. La alegría es un don que debemos pedir con constancia y humildad y acoger de forma activa. Esto implica aprender a vivir las alegrías normales de la vida, así como las pruebas y tristezas que entraña alumbrar el hombre nuevo en nosotros y en los demás.
Acerquémonos, pues, sin temor, con ilimitada confianza a Aquél que es el único Camino, la irrenunciable Verdad y la Vida en plenitud.

_¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder nosotros consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios! (2 Cor 1-4)

Real, Ilustre y Venerable Cofradía de Ntro. Padre Jesús de la Misericordia. Stmo. Cristo de Ánimas y Ntra. Sra. del Gran Poder y San Juan de Dios.

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