EPIFANÍA DEL SEÑOR. LOS MAGOS DE ORIENTE

Felices Reyes. Felicitamos a nuestro amigo Jose Carlos, hoy Gaspar en la Cabalgata de Málaga: él lleva el incienso, ofrezca al Señor en el incienso que entrega todos nuestros buenos deseos de querer estar siempre cerca de Él, de ser mejores personas y mejores cristianos.

Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle. Al oír esto, el Rey Herodes se turbó y, con él, toda Jerusalén. Todavía hoy se repite esta escena. Ante la grandeza de Dios, ante la decisión, seriamente humana y profundamente cristiana, de vivir de modo coherente con la propia fe, no faltan personas que se extrañan, y aun se escandalizan, desconcertadas. Se diría que no conciben otra realidad que la que cabe en sus limitados horizontes terrenos. Ante los hechos de generosidad que perciben en la conducta de otros que han oído la llamada del Señor, sonríen con displicencia, se asustan o -en casos que parecen verdaderamente patológicos- concentran todo su esfuerzo en impedir la santa determinación que una conciencia ha tomado con la más plena libertad.

Son unos Magos de Oriente aquellos que se pusieron en camino para adorar a Jesús recién nacido y entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas le adoraron; después, abrieron sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra como acto de esa adoración por la cual reconocen la autoridad de Jesús, Señor del reino de justicia. Un Dios que hoy se manifiesta al mundo entero, que se hace presente en medio de nosotros: ocurre en la Navidad esa “Epifanía de Dios”, esa manifestación amorosa de Dios a los hombres.

Tres dones de oro, incienso y mirra son los que en aquella gran Epifanía hicieron los Reyes Magos.

Hoy en este día de la Epifanía entreguémosle al Señor el oro fino que proviene del espíritu de desprendimiento del dinero y de los medios materiales. Recordemos que Dios ha dispuesto los bienes materiales a nuestro alcance para que los utilicemos sin dejar en ellos el corazón y haciéndolos rendir en provecho de la humanidad.

Ofrezcámosle el incienso de aquellos deseos buenos que suben hasta el Señor; el deseo de llevar una vida limpia, sin dobleces, una vida que sea semilla de comprensión, de amistad, de fraternidad, de solidaridad. El olor de una vida que sea compañera de las vidas de los demás hombres para que nadie se encuentre o se sienta solo. Nuestra caridad ha de ser también cariño, calor humano, calor compartido…

Donémosle también la mirra, el sacrificio de lo que somos para seguirle, el desprendimiento de nuestra vida para morir en aquello que nos separa de Él. Con la mirra, aquel bálsamo que nos recuerda que Jesús -además de Dios- es verdadero hombre que murió por todos nosotros, ofrecemos nuestra fe en el Mesías que sufrió y entregó la vida para salvarnos. Así le imitamos llevando también el Evangelio y su Palabra a todos los hombres contando con nuestra debilidad, nuestra naturaleza humana.

Real, Ilustre y Venerable Cofradía de Ntro. Padre Jesús de la Misericordia. Stmo. Cristo de Ánimas y Ntra. Sra. del Gran Poder y San Juan de Dios.

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