EL SEÑOR ES MI PASTOR, NADA ME FALTA

REFLEXIÓN DE LA SEMANA

El salmo 22, uno de los más bellos de toda la Biblia, comienza con una afirmación sincera y atrevida: El Señor es mi pastor, nada me falta . El autor es un creyente que se sabe guiado y acompañado por la mano firme y protectora del pastor. Proclama que quien sigue a Jesús tiene todo lo que necesita: seguridad, alimento, protección techo donde habitar… Difícilmente anidarán en su corazón la agresividad, la envidia, la rivalidad, todas esas actitudes que amenazan siempre el convivir con los otros fraternalmente. Jesús, que fue llevado a la muerte como oveja al matadero, Jesús, por cuyas heridas hemos sido curados, vive, y ahora es el pastor y guardián de nuestras vidas.

Hay que seguir luchando por la justicia, a pesar de las dificultades. La paciencia cristiana es la única manera de resistir a la injusticia sin desesperaciones suicidas y sin traiciones cobardes a la justicia. Siempre hay situaciones en las que el hombre, injustamente oprimido, solo puede resistir a la injusticia con la paciencia: si el cristiano descubre el sentido del sufrimiento y, sin temor a los hombres, acepta la cruz pacientemente, su dolor estará fortalecido con la esperanza que no defrauda; imitará al Maestro que también padeció injustamente, y alcanzará la vida.

Recordando y meditando este hermoso y exigente pasaje evangélico se nos abre un gran reto: unirnos en torno a Aquel que nos hermana y nos ama. Hemos de ser capaces de reconocer a Jesús como aquel Pastor que es capaz de llevarnos por los caminos de la concordia. Un reto que nos compromete a dar la vida, a través de su Iglesia, según nuestro propio estado y condición (_sacerdocio, vida consagrada o laicos comprometidos) en la evangelización, en favor de toda la humanidad.

No debemos olvidar nunca que Jesús, desde el día de nuestro Bautismo, nos conoce, nos ama y que para Él nuestra vida y nuestras cosas no le son indiferentes. Ya sabemos que en ese camino, no vamos solos. Jesús es nuestro acompañante, camina delante, nos guía. Y María, su madre, nos enseña a caminar tras Él. Fiémonos de Él como ella lo hizo. Escuchemos sólo su voz. Entremos por su puerta. Andemos el camino de la fe en la vida que Él nos propone: Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante

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