Domingo XXXIV del T. Ordinario. 2016 Solemnidad de Cristo Rey. Ciclo C

“Damos gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz” (Col, 1, 12)

¿Quién es en realidad el que está allí crucificado? Mientras la gente común y anónima permanece más bien incierta y se limita a mirar, los más poderosos, con el arma de la ironía negativa y demoledora, se burlaban, y los soldados lo escarnecían en tono de provocación y desafío.

Estaban, además, los dos malhechores, que muestran un evidente contraste entre sí al juzgar al compañero de penas: uno blasfemaba de él, recogiendo y repitiendo las expresiones despectivas de los soldados y de los jefes; el otro declaraba abiertamente que Jesús “nada malo había hecho” y le implora perdón y misericordia.

He aquí cómo en el momento culminante de la crucifixión, precisamente cuando la vida del Profeta de Nazaret está para ser suprimida, podemos recoger, incluso en lo vivo de las discusiones y contradicciones, estas alusiones ocultas al Rey y al Reino.

Es muy oportuno y significativo que la fiesta de Cristo-Rey se enmarque precisamente en el Calvario porque la realeza de Cristo debe referirse siempre al acontecimiento que se desarrolla en aquel monte: allí se entiende el misterio salvífico de Cristo, la Redención del hombre.

Cristo Jesús se afirma Rey en el momento que -entre los dolores y los escarnios de la cruz y entre las incomprensiones y las blasfemias de los circunstantes- agoniza y muere. Es una realeza singular la suya, al punto que sólo podemos reconocerla los ojos de la fe. Una realeza que nos que expresa una potestad que Él definió como universal y que Él mismo ha colocado en la base de la misión confiada a los Apóstoles: “Jesús se acercó a ellos y les habló así: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,18-20).

Una realeza cuya dimensión exacta es casi, exclusivamente, la verdad que hay que anunciar y servir:
• Servir y anunciar, sí. Esa es la tarea que el Señor, nuestro Rey, nos pide.
• Servir y anunciar, siempre, en todo momento, con fidelidad y compromiso.
• Servir y anunciar con alegría, sin pedir nada a cambio, con la mirada puesta en Cristo, ese de la cruz que ha resucitado y nos ha llenado con su gracia.
• Servir y anunciar a Cristo, que nos llamó y nos sigue llamando, siempre nos tiende su mano, y derrama generosamente su amor y su misericordia.

A este Reino nos ha llamado Cristo Señor, otorgándonos una vocación que es participación en esos poderes suyos. Cristo nos ha abierto las puertas de ese mundo.

Es lo que hoy celebramos con toda la Iglesia.

Real, Ilustre y Venerable Cofradía de Ntro. Padre Jesús de la Misericordia. Stmo. Cristo de Ánimas y Ntra. Sra. del Gran Poder y San Juan de Dios.

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