Domingo XXXII T. Ordinario

“Pero el Señor es fiel: él los fortalecerá y los preservará del Maligno” (2ª Tes. 3,3)

El Evangelio nos da la clave para mantenernos en la fe, en la esperanza y en la fortaleza ante los vaivenes de la vida. Hoy el evangelio nos habla de la resurrección y nos recuerda que estamos llamados a participar en la resurrección porque somos hijos de Dios, de un Dios de vivos, no de muertos. Precisamente esa relación de hijos de Dios y de hermanos entre nosotros es la que viviremos en el cielo: no necesitaremos los vínculos matrimoniales, ni familiares, porque seremos una sola familia, una gran familia, la de los hijos e hijas de Dios, la de unos hermanos que se quieren con una fraternidad plena.

La resurrección de Jesús es el eje central de nuestra fe y no podemos obviar el hecho (o frivolizar) de que nuestra fe se centra en un Dios cuyo amor es más fuerte que la misma muerte: esa es nuestra fe y nuestra esperanza, y con ellas podemos afrontar cualquier situación de nuestra vida, por difícil que sea, sabiendo que Dios está con nosotros, que nos acompaña y que nos dará fuerzas para salir adelante. Lo que nosotros debemos hacer es buscar esas fuerzas, acudir a Él y sentir que nos acompaña siempre, saber que siempre está junto a nosotros…

El primogénito entre los resucitados fue Jesús y toda la trayectoria de sus seguidores cambió cuando lo vieron transformado. Hoy, tal vez, muchos de los creyentes se estén aproximando a los saduceos bajo la idea de que niegan ese fenómeno transcendente y transcendental para incidir más en una necesidad de acción social que niega el camino futuro del espíritu. Y esto es grave: defendamos la acción social comprometida de los cristianos a favor de los pobres, de los débiles, de los marginados, pero en ningún caso limitemos dicha acción en su sentido de portador de eternidad, no vaciemos la acción social de caridad, de fe y de esperanza…, no saquemos a Jesucristo, Señor de la vida, de nuestros pensamientos y de nuestra vida. Él siempre nos acompaña…

Por eso mismo San Pablo anima a su comunidad de Tesalónica en unos términos muy en consonancia con lo anterior: a pesar del sufrimiento y de las persecuciones, no están solos, Dios está con ellos, les acompaña y les anima: “Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas”; la comunidad cristiana de Tesalónica está viviendo momentos difíciles de persecución y su vida se ve amenazada por causa de su fe, pero Pablo les insiste en que confíen en la fidelidad de Dios por encima de todo.

En tiempos difíciles se hace necesario ser fuertes en la fe, mantener viva la esperanza, ser constantes en la oración, y es en esos momentos cuando la fe y la vivencia de la misma se purifican y se fortalecen y nuestra actitud debe ser amar a Dios y tener la constancia de Cristo. Estamos llamados a vivir una vida en plenitud. Es lo que celebramos cada domingo, día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal.

En este domingo posterior a las fiestas de todos los Santos y de todos los difuntos, pidamos al Señor que no nos falte a nosotros la fe que tuvieron nuestros santos queridos que ya están gozando de la presencia de Dios en el cielo.

Real, Ilustre y Venerable Cofradía de Ntro. Padre Jesús de la Misericordia. Stmo. Cristo de Ánimas y Ntra. Sra. del Gran Poder y San Juan de Dios.

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