Domingo 2º T. Ordinario

“La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo sean con vosotros”. Estas palabras que San Pablo dirige a los cristianos de Corinto, son muy apropiadas para que las dirijamos hoy a todos los habitantes del mundo y, especialmente, para todos aquellos que se acerquen hasta nosotros.

El mensaje del apóstol es el ofrecimiento de gracia y paz en nombre de nuestro Señor Jesucristo que no es más que lo que tenemos que buscar: nuestra santificación dentro de una paz interior que nos haga mejores. Es cierto que los tiempos actuales no son fáciles, y que comportamientos deleznables son acometidos por algunos de nuestros hermanos, pero eso no es nuevo, ya sucedía lo mismo en Corinto de hace casi 20 siglos: será la bendición permanente que nos llega del Cielo lo que nos ayudará a superar todos los problemas.

Comenzamos el Tiempo ordinario, seguimos avanzando en el encuentro de Cristo, nuestra única gracia y único portador de Paz. Hoy quiero reflexionar, con vosotros, este “encuentro público del Señor con los hombres”:
Fue en Nazaret. Aquel fue el inicio. Momento trascendente, pese a ser oculto. En Belén se hizo visible a unos cuantos: se le hizo notoria su existencia a José, se dio a conocer a los pastores, a los magos, lo conocieron en el Templo dos ancianos y, cómo no, en primer lugar, María su Madre, desde 9 meses antes en su seno y recién nacido en sus brazos. Ella conservaba y meditaba todo esto, profundamente, en su interior… Y basta.

Un gran silencio habla de su vida en Nazaret. Son 30 años de trabajo oculto: un trabajo manual para ganar el sustento y un trabajo interior para crecer en gracia y sabiduría. Seguramente recorrería la zona para trabajar y, seguro, para hacer el bien a su alrededor. Es un tiempo que nos habla de la sencillez, de la trascendencia. Encuentros en Jerusalén peregrinando con motivo de las fiestas anuales.

En la soledad y el silencio, lenta y fuertemente fue madurando su misión. La época de desierto vuelve a mostrarnos el ímpetu con que habla el silencio al corazón de quien quiere encontrase con el Padre. Así ocurrió.

Ocurrió que llegó al Jordán. Allí se muestra al Bautista y de nuevo la Fe de un hombre sabe discernir un verdadero encuentro con Aquel que va a ser identificado como “el Cordero de Dios”. Él lo esperaba, Juan, lo esperaba y una voz interior se lo aseguraba, es la voz de Dios que siempre orienta. Juan amó, esperó, vio, siempre fe fiel a su vocación, humildemente cumplió con su misión.

Lucas 4, 16-21:
“Vino a Nazaret, donde se había criado, entró, según su costumbre, en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías, desenrolló el volumen y halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy.» Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca”.

Comenzó a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios.

Cristo con su predicación hizo temblar a unos, dio esperanza a otros, entusiasmó a muchos y nos cambió la vida….[27/1 22:50] José Maria Flores(HHMM): Domingo 4º T. Ordinario 2017

La idea que Dios tiene preferencia por los pobres y humildes es tema central de los evangelios. En el texto de las Bienaventuranzas a los pobres y humildes se les llama “pobres en el espíritu” que son los humildes, los que no ponen su confianza en sus propias fuerzas, ni en la ayuda que le van a dar los hombres, sino que saben que su única verdadera y definitiva ayuda es el Señor.

Jesús amó a los a “los pobres en el espíritu”, los pobres que eran humildes y les prometió el Reino de los Cielos; Jesús amó a los sufridos y les dijo que ellos heredarán la tierra; Jesús amó a los que lloran y les dijo que ellos serán consolados; Jesús amó a los que tienen hambre y sed de justicia y les prometió que ellos quedarán saciados; Jesús amó a los misericordiosos, y a los limpios de corazón, y a los que trabajan por la paz, y a los que son perseguidos por causa de la justicia, y a todos ellos les prometió el Reino de los Cielos.

Jesús quería que los hombres fuéramos felices en esta vida: debemos luchar para que el ser humano tenga todo lo que necesita para vivir con dignidad. Todos somos responsables, en algún sentido, de la pobreza, la desigualdad y la injusticia del mundo y por ello debemos luchar contra esas lacras para contribuir a que este mundo sea un poco menos malo.

Las bienaventuranzas hablan de que las cosas pueden ser de otra manera, que Dios quiere que las cosas sean distintas a como son. Las bienaventuranzas hablan de un Reino, el de Dios, en el que se pondrá la historia del revés y los últimos serán primeros y los pequeños, grandes. Pero ese Reino tiene dificultades para crecer entre nosotros ya que se enfrenta a un ambiente contracultural y aparece como algo utópico para el tiempo de hoy. No obstante, el Señor sigue suscitando personas y moviendo sus corazones para que colaboren en esta tarea.

• Optar por las bienaventuranzas supone poner toda nuestra confianza en Dios y asumir que vamos a caminar contra-corriente en muchas ocasiones.
• Optar por las bienaventuranzas supone reconocer a un Dios que está a favor de los empobrecidos, de los más desgraciados de la vida.
• Optar por las bienaventuranzas es optar por un camino de felicidad que pasa por ayudarnos unos a otros a ser felices, sin necesidad de llenar nuestra vida de cosas y más cosas que nos proporcionan una felicidad pasajera y trivial.

Aunque sea caminar contra-corriente, merece la pena, porque estamos confiados en que el Señor nos lleva a su plenitud.

Real, Ilustre y Venerable Cofradía de Ntro. Padre Jesús de la Misericordia. Stmo. Cristo de Ánimas y Ntra. Sra. del Gran Poder y San Juan de Dios.

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