«¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?»

¿Cómo no ver el gran regalo de nuestra Parroquia, que es medio de comunión y de expresión de fe para muchos que allí estamos y para otros que están cerca y sienten una vinculación en la misma? ¿Cómo no ver bajo el prisma de la gracia el gran beneficio que el Señor nos ha hecho? Entonces, ¿cómo le pagaré? ¿Cómo le pagaremos?

La preferencia demostrada por el Señor con el don de la fe, con el Bautismo y con la participación en el trabajo parroquial o en la participación de la Eucaristía parroquial en domingo hace más aguda la conciencia y la pasión que, como documenta el Libro de los Hechos, llevó a los primeros testigos de la fe por todo el mundo cuando -al describir la vida y la misión de Pedro- nos dice el que «Pedro recorría el país y bajó a ver a todos los fieles…», un “bajar a ver a todos los fieles” que expresa el horizonte y la naturaleza propias de la misión de la Iglesia y de cada uno de nosotros.

No hay circunstancia ni situación de la existencia humana ajena al don del Resucitado. No hay ni nada ni nadie que de Él nos separe: «Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios» (1 Cor 3,22). Por eso la misión pide una apertura a la realidad en todos los ámbitos, y asigna a cada uno una responsabilidad bien precisa.

Nadie puede sustituirnos en esta tarea: se nos pide asumir, como hombres concebidos de nuevo por el Espíritu las circunstancias vocacionales, personales y comunitarias, siempre concretas e históricamente contextualizadas, hechas de tiempo y de espacio, de estado de ánimo, de afectos, de trabajo y descanso, de alegrías y dolores, de esperanza y de problemas…, documentando la conveniencia suprema de gastar la propia existencia “en Cristo”. Así describe Pablo al cristiano: como aquel que existe en Cristo.

La misión se juega en todo lugar y en todo momento, y nunca debe concebirse como la repetición mecánica de propuestas o iniciativas. La vida nos es dada para ser donada. Si no la entregamos, el tiempo nos la roba. Unidad y misión son la expresión de la gratitud al Señor y a aquellos que nos han precedido y acompañado en Su seguimiento.

La última palabra con la que concluye esta Reflexión es la palabra «Padre»: «Mi Padre es mayor que todos». Nadie puede arrancamos de la mano del Padre. Esta fuerza, esta radicalidad de pertenencia de cada uno de nosotros -frágil y pecador- es algo concreto, que resulta evidente en Cristo: «El Padre y Yo somos uno» (Jn 10, 30).

Retornemos a la vida cotidiana dentro de la aventura de la Iglesia, dentro de la vida de este barrio y esta ciudad, tan hermosa y atormentada por fuerzas que no siempre desean el bien común; retornemos a nuestra vida conscientes de nuestra gran responsabilidad, con alegría, seguros de este abrazo Paternal del que nadie podrá separamos; retornemos preparados para dar cuenta ante todos de la esperanza, de la alegría, de la certeza que Cristo nos regala; retornemos alabando «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Ntro P. Jesus de la Salud, ruega por nosotros.

Real, Ilustre y Venerable Cofradía de Ntro. Padre Jesús de la Misericordia. Stmo. Cristo de Ánimas y Ntra. Sra. del Gran Poder y San Juan de Dios.

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